No es raro encontrarse con que las personas que más llaman nuestra atención, son las que se toman la vida como les venga… Sin dar problemas y sin que se los den.
Barren, friegan, cocinan, limpian… y punto. Organizan, se interesan por los demás, están al corriente, no se aislan, y buscan -con motor propio, que es importante- el noble objetivo de que la gente prefiera estar en casa antes que en ningún otro sitio… y punto. Disfrutar con esa meta. Ni más ni menos. No hace falta describir con palabras altisonantes las tareas que conlleva sacar adelante una casa. Y no hace falta hacer de las personas que se dedican plenamente a ello, un homenaje.
Sin embargo, leyendo la Autobiografía de Tolstoi, me encontré con una descripción magistral de una mujer de las más corrientes, de esas que Silvio Rodríguez describe como “siempre en la sombra y llenando un espacio vital”… Pues bien. Tolstoi explica de una de ellas lo siguiente:

La madre era una de las mujeres más agradables que pueden darse en sociedad, simpática y siempre de buen humor. Todo lo que era bonito y divertido le encantaba. Poseía en el más alto grado, una facultad que no se encuentra entre las personas de edad sino cuando son buenas a fondo: la de gozar viendo divertirse a la juventud”.

Ese es el motor propio por excelencia: disfrutar contemplando cómo otros disfrutan. Coincido plenamente con quienes piensan que la sabiduría no es algo exclusivo de genios, ni de los que se dedican exclusivamente a trabajos intelectuales. Hay un tipo de sabiduría popular -y no por eso menos valiosa- que es la de quienes se dedican al cuidado de la persona. Conscientes de su fragilidad, de su condición de criatura.
Dicen que fue a principios de los años 90 cuando el trabajo vinculado a las tareas de la casa empezó a perder brillo. Elijan ustedes los motivos que nos llevaron a ello. Y, si se animan, escríbanoslos. Así nos será más fácil encararlos.

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