Posted by Moro Lena | Dicen que Dickens no se avergonzaba de convertir en héroe al más humilde jornalero. Y precisamente fue un humilde jornalero el que me dio la clave, a pesar de que, por falta de oportunidades, no sabía casi ni hablar bien. Fue esta persona la que me hizo ver por qué somos a veces tan reacios a las tareas de la casa. Y desde entonces se ha convertido en mi héroe particular. Estaba tomándome un café en la terraza de una cafetería  y muy pronto comprobamos con satisfacción la actitud y el porte con la que éramos atendidos. Había un barrendero, un camarero y varios clientes. “Se nota que no lo hace por obligación, sino por gusto”… Esto fue lo que nos dijo el barrendero sobre el camarero que por suerte nos atendía a nosotros. La conclusión era sencilla: cuando algo te viene impuesto, lo rechazas. Cuando no tenemos elección, nos sobreviene la tirria. Típico golpe de sabiduría que da el trabajo, no los libros.

Con las tareas domésticas pasa exactamente eso: hay que hacerlas. No hay elección, ni romanticismos, ni disertaciones. Si no las haces, antes o después te las acabas encontrando. Ahí está el punto. Lo que nos pone nerviosos. Dicen que este genio inglés, Charles Dickens, mostró a miles y millones hasta dónde llegaba lo eterno en sus miserables vidas, dónde se hallaba la chispa de la alegría serena perdida entre las cenizas del quehacer cotidiano, les enseñó cómo avivarla para dar una llama alegre y confortable.

¿Y qué puede pensarse de las tareas del hogar más allá de ‘qué pereza tener que hacerlas’? Son lo más repetitivo del mundo. Para empezar, la monotonísima tarea de hacerse la cama… La haces, la usas, la deshaces y la vuelves a hacer… ¡en cuestión de horas! Ni qué decir de las comidas, que consiguen transformar largas horas de trabajo en escasos minutos de placer. Y ‘hay que hacerlo’ siempre. ¿Existe una actividad menos rentable? Después pensé que lo mismo pasa con los coches. Disfrutas de ‘tu’ coche hasta que tienes que llevarlo a la ITV… Y ¡ay de ti como no lo hagas!. ¿La solución? Pensar en el resultado. No quitarse de la mente los efectos que provocarás con tu trabajo. Proyectar el disfrute que encontrarán quienes reciban los frutos de tu esfuerzo. Y, sobre todo, querer hacerlo.

Buscar motivos que te lleven a concluir solo una cosa: que por nada del mundo le cambiarías tu puesto a nadie. Razones hay. Dickens consiguió que las viéramos. Es cuestión de ponerles nombre y apellidos…

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Showing 6 comments
  • isa
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    ¡Formidable! ¡Me ha encantado!

  • Lourdes
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    Muchas gracias por esta “luz” que nos brindais hoy con este punto de vista tan original!!

  • ROLAS
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    Qué bueno!!!!! Enhorabuena!!

  • María Ester
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    Para disfrutar el servir hay que pensar en el otro, no en uno mismo

    • Maribel
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      Sí, pero los trabajos de la casa también hay que hacerlos cuando se vive solo y entonces hay que pensar un poco en uno mismo, que tampoco viene mal de vez en cuando. Eso más o menos fue lo que le dije a un tipo que vivía solo y que renegaba de tener que hacer las tareas domésticas. Según él, era un trabajo “desagradecido”, porque no le rentaba nada de dinero, como cualquier otro trabajo de este mundo. Le hacía ver que en ese caso, debía pensar en que la recompensa a ese trabajo era su propio bienestar, que es imprescindible. Y creo que lo comprendió.

  • Marta
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    Me gusta, breve y certero

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