Posted by L. Gant. Intenté sacarle una foto, pero fue imposible. Acababa de valorar la posibilidad de limpiar el polvo en días alternos en lugar de pasar el trapo cada día. En definitiva, según pensaba yo, nadie aprecia si hay o no hay polvo. Sólo si eres tú la que lo retiras, estás pendiente de si se nota o no. Pero me equivocaba. La cuestión no es sólo si hay o no hay polvo a la vista. Hice la prueba. No hubo manera: acaba apareciendo con descaro, como si hubiera sido convocado de día en día. No sé de dónde sale, ni cómo se forma. Pero ahí está: desafiante. Es sencilla la operación de pasar un trapo de polvo, y a simple vista poco gratificante. Pero no es eso lo que cuenta, sino el contexto.

Limpiar, por poner otro ejemplo, una mancha de aceite sobre el pavimento requiere una mecánica compleja: remover delicadamente el líquido con un paño húmedo; rociar la cantidad justa de producto diluido en la adecuada proporción de agua; enjuagar; secar para no dejar cerco. Es sólo una mancha de aceite, pero requiere un pequeño patrimonio de sabiduría artesanal específica. Competencia. La misma que brilla por su ausencia en el abstracto frenesí metropolitano y me incluyo. Así es como empezamos a perder parte de lo que somos. ¿Por qué? Una posible respuesta es la que da Keisuke Matsumoto, un monje del templo Komyoji de Tokyo. Y volvemos al contexto.

Hace ya más de dos meses, llegó a mis manos un interesante reportaje publicado en diciembre y escrito por Roberta Scorranese, una periodista del Corriere della Sera. El artículo estaba centrado en la visión que Matsumoto, tiene sobre la limpieza. Según él, el bagaje cultural que un día tuvimos entre nuestros bienes patrimoniales a través de la tradición de nuestros antepasados, se está quedando atrás, muy atrás. Hasta el punto de desaparecer. Matsumoto propone un retorno: el de hacer la limpieza de nuestras casas. Reapropiarnos de aquellos saberes específicos que hemos perdido o delegado en otros. El cuidado de las cosas de la casa, es el cuidado de uno mismo y de quienes la habitan.

Fue una experta en el trabajo del hogar llamada Elvira la que me procuró este reportaje. Aún no tengo claro por qué se le ocurrió dármelo a mí… Sospechemos. Entre otras cuestiones, Matsumoto plantea una cuestión para pensársela con calma: “Si pagas a otras personas para que limpien tu casa en tu lugar, ¿estás de verdad seguro de que estás tú haciendo cualquier cosa más importante que limpiar tu propia casa?”.

Probablemente esta pregunta no tenga fácil respuesta… ¡Son tantos los factores que entran en juego! Pero es para pensárselo dos veces, ya que es un trabajo que afecta de forma directa a quienes tú elegiste –en algún momento más o menos lúcido- que vivieran contigo…

Matsumoto habla para todo el mundo. No distingue si compatibilizamos las tareas de la casa con otro trabajo. Cuenta con que el tiempo y el sueldo escasean. Y aún así propone el retorno de ‘limpiar nuestra casa’, de custodiar ‘nuestros bienes patrimoniales’. Sabemos que nuestros principales bienes son nuestra familia, todos los que la forman. Ese es el contexto en el que nos desenvolvemos al realizar las tareas del hogar. Él habla de la mejora propia. Se me queda muy corta su visión. No es sólo propia la mejora, también redunda en el resto. Comparto que son en sí mismos un beneficio. A mí por lo pronto me anima a tener la ambición de no desentenderme con tanta ligereza de esta competencia tan inmediata: limpiar. Y no se trata tanto de aceptar esta responsabilidad, sino de apreciarla, con todo lo que esto conlleva…

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Showing 2 comments
  • Paula
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    Muy buena la apreciación sobre la limpieza de tu propio hogar, no evadir esa responsabilidad,porque no nos sintamos halagados por los demás,pensar como nos mejora,gracias

  • Tutet
    Responder

    Magistral. Aunque no comparto del todo la visión del monje porque los días sólo tienen 24 horas y no da siempre tiempo a todo…

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