Posted by L.Gant | Cuando voy por la calle, cuando me monto en un vagón de metro o, simplemente, cuando miro por la ventana, suelo sorprenderme pensando más o menos en lo mismo: todo el mundo, antes o después, tiene una casa a la que llegar. No importa la duración de su ausencia. Ni si le urgía salir de su casa o la dejaba con lentitud y lamento. Cada mañana, a las seis, siete, ocho… lo normal es ir a trabajar. Ponemos un pie en la calle y dejamos atrás, por unas horas, nuestra casa.

Tengo la sospecha de que a más de uno le pasará lo que a mí a veces cuando salgo de casa: me pregunto qué me voy a perder estando en el trabajo… Recuerdo cuando todavía iba al colegio, el interés que tenía bastantes días del año, por conseguir quedarme en casa sin ir al colegio. Fingir una enfermedad no siempre te sale bien. Así que las mejores oportunidades eran las de tener una cita médica, renovar el pasaporte o algún evento de ese estilo. El caso es que esos días no me importaba nada despertarme con el sonido de la aspiradora… Ahí empezaba mi día. Ver, oír, oler, disfrutar, descansar. ¿Con qué? Sinceramente, y aunque suene friki, con el trabajo del hogar que se desenvolvía a mi alrededor. Ese mismo que realizan millones y millones de personas de forma anónima y a las que debemos tanto, tanto, tanto.

Yo sabía que ‘grandes’ cosas iban a pasar ese día en mi casa. Iba a ser como la escena de Mary Poppins ordenando el cuarto de Jane y Michael Banks pero mil veces mejor: porque iba a ser real. Esto era lo que fundamentalmente me empujaba a intentar de vez en cuando quedarme en casa. No me lo quería perder…

El incondicional ruido de la aspiradora. El olor a limpiacristales. El sonido del agua chorreante procedente de una fregona a punto de ser escurrida. El leve golpeteo de la vajilla al ser colocada en su armarito correspondiente. El hipnotizante círculo de colores que dibujaba la ropa en la puerta de la lavadora en pleno funcionamiento. El olor a filete recién salido de la sartén. La mesa puesta. El baño recogido. Las revistas en su sitio. Los posavasos apilados. La humedad de la ropa recién lavada. El olor a jabón. Ver la plancha deslizarse por las camisas, pantalones y, en ocasiones, alguna que otra chaqueta. La cocina, después de haber dado todo de sí, recogida y apagada como si horas antes no hubiera servido de campo de batalla… Y me dejaban participar de todo eso. Como si yo fuera una pieza fundamental en ese poderoso engranaje.

Es todo eso y no es nada de eso, porque lo que se conseguía con ese trabajo no eran sólo objetivos a corto plazo y a nivel práctico. Ahora me doy cuenta. Se conseguía mucho más. Se conseguía que adquiriéramos el gusto por las cosas bien hechas. Se conseguía que no nos acostumbráramos a dejar la habitación de cualquier forma. Se conseguía que valoráramos la lógica, el orden y el esfuerzo. Se conseguía que valoráramos a esa gente anónima a quien dedicamos este artículo. A esa que cambia los ambientes. Que produce bienes ‘intangibles’ como son el orden, la satisfacción, el estar en casa, el equilibrio, la autoestima. Todo eso se conseguía.

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Comments
  • Magda
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    … No perdérselo, justo hace unas semanas revisábamos la posibilidad de que mi hijas entraran a un curso de verano (muy común en México) y la mayor nos dijo inmediatamente: “A mí me gusta mucho estar en la casa, prefiero quedarme aquí” y comenzó a enumerar todo lo que disfrutaba y cómo se divertía. Tantos detalles que en ocasiones se pasan de largo, ella los atesora, como bien lo describe este artículo. (Podrán entender que no hubo curso de verano para ellas, jaaa)

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